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10 nov. 2012

La Fe y el Dinero

Mateo 10:8
Sanad a los enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios, de gracia recibisteis, dad de gracia.
 
Jesús no enseñó a vender el evangelio ni a levantar ofrendas.
¿Como se leen estas palabras de Jesús en las iglesias hoy?
“De gracia recibisteis, ahora ¡Vended los favores por lo que podáis obtener a cambio de ellos!” En el Nuevo Testamento las cosas que daban los fieles procedían de la abundancia extra, y el propósito de darlas era satisfacer las necesidades de los que no tenían.
Su obra de amor era tan grande que esas cosas eran distribuidas a todos los que tenían necesidad, de manera que nadie tenía falta de nada.
Hoy, al ver los enormes edificios, las decoraciones llamativas, y los enormes salarios que cobran los pocos que están en control de las iglesias, es demasiado obvio que esta misma clase de benevolencia hacia el más pequeño del reino, es algo del pasado.
Por todas partes vemos el fruto del opresor y del que amasa oro.
No puedes avanzar mucho en los Evangelios sin darte cuenta de que Jesús miraba al dinero como algo sucio e injusto. Jesús tocó el asunto del dinero con una desconcertante indiferencia. En realidad no tenía tiempo para eso. En la parábola en la que el mayordomo injusto es alabado por su uso de las riquezas injustas, la razón era que las usó para aliviar la carga de deuda bajo la que estaban otros, pero no por usarlas para su propia ganancia terrena. El único uso correcto de las riquezas injustas de este mundo, es romper el yugo y liberar a los cautivos. Jesús mostró la fidelidad y la provisión de Dios hasta a lo más bajo de la creación. Cuánto más es esto cierto hacia su creación más amada, el hombre mismo. Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mateo 6:26-33)
Pablo acusó al grupo de la circuncisión de los judíos, los que trataban de trastornar la fe de los nuevos creyentes gentiles, de enseñar cosas perversas para ocultar y justificar su deseo de lucro deshonesto. “Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión, a los cuales es preciso tapar la boca; que trastornan casas enteras, enseñando por ganancia deshonesta lo que no conviene” (Tito 1:10-11) Pablo expuso este engaño más extensamente en 1ª Timoteo 6:4-12:
“Está envanecido, nada sabe, y delira acerca de cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas, disputas necias de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales. Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores. Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos.”
No existe ninguna evidencia de que Pablo, Pedro, Jacobo o Juan cobraran por sus epístolas o ministerio a los santos de Dios. Sus cartas eran distribuidas gratuitamente. No eran como los ministerios de alto nivel de hoy, que toman la inspiración y la comercializan para obtener ganancia terrena. Todo lo contrario, los primeros apóstoles seguían la amonestación de Jesús, “De gracia recibisteis, dad de gracia”.
 
DIOS TE SIGA BENDICIENDO

Autor: Rafael Hernandez

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