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20 dic. 2011

La navidad- ¿la debemos celebrar?


No sabemos con seguridad cuándo comenzó la celebración del nacimiento de Cristo.

De la navidad habla Clemente de Alejandría alrededor del año 201. Siglo y medio después por orden de Liberio, obispo de Roma, el 25 de diciembre fue adoptado para celebrar el nacimiento de Cristo. Posiblemente tenía el propósito de unificar los sentimientos cristianos y unir la celebración del nacimiento de Jesús con la fiesta pagana del sol. Esta fiesta se celebraba los fines de diciembre para festejar "la victoria de la luz sobre las tinieblas", o sea el solsticio cuando los días [en el hemisferio norte] dejan de hacerse más breves y comienzan a volverse más largos. Más tarde se notó que esta fecha no puede ser cierta porque en Palestina el tiempo es de lluvia y frío. En ese tiempo, los pastores a los cuales el ángel anunció el nacimiento de Jesús no hubieran podido encontrarse de noche en los campos pastando las ovejas.

Hoy día, en muchas partes de la América Latina, las celebraciones duran desde el 16 de diciembre hasta el 6 de enero, pero la fiesta más grande es la de nochebuena el 24 de diciembre. Otros países, especialmente los del Oriente, tienen su mayor celebración el 6 de enero. Por ejemplo los armenios celebran la navidad el 6 de enero, comiendo pescado frito, espinacas cocidas, y lechuga. Creen que María comió espinacas cocidas la noche antes del nacimiento de Cristo.

Las costumbres navideñas son tan variadas como los colores del arco iris. No pueden, tener su origen en el relato bíblico del nacimiento del Salvador. Aunque las inventaron y las perpetuaron los hombres, muchas personas han llegado a pensar que son sacrosantas.

Es interesante notar que los puritanos de Inglaterra, en sus normas estrictas, prohibieron por decreto de parlamento en 1644 la obser­vancia de la navidad y las muchas costumbres relacionadas a ella. Estimaron los festejos de la navidad como profanación de cosas sagradas. Y las colonias de Nueva Inglaterra (que más tarde llegaron a ser parte de los Estados Unidos) siguieron en gran parte su ejemplo.

Hoy día la profanación y la comercialización de la navidad es peor que nunca. Entristece mi corazón al ver el mundo, inclusive a muchos cristianos, encadenados del frenesí de las festividades navideñas. Y el mundo de comercio profana el nombre de Cristo, haciendo de esa época del año una época dorada de negocio.

En nuestros días, pocos son los que guardan los mandamientos del humilde Nazareno, pero hay muchos que ganan dinero en su nombre. Muchos celebran su nacimiento, pero rehúsan darle lugar en su corazón. San Nicolás es más popular en esa época que el mismo Cristo. Y los niños que nada saben del Dios hecho hombre, bien saben que recibirán regalos, dulces, y tarjetas. Los que olvidan la cruz del Calvario fácilmente ponen su atención al arbolito de navidad o a los "nacimientos" construidos en cada pueblo y hogar.

Costumbres paganas
Mucha gente celebra este día sin conocer las historias relacionadas a la navidad. Y muchos cristianos se apresuran a celebrarla sin saber nada de su origen.

Los cristianos sinceros se preocupan y se entristecen al ver a sus hermanos y hermanas ocupados y preocupados por las apariencias externas de la navidad. Las iglesias bíblicas deben preocuparse de que los cristianos no se enreden en esas costumbres paganas.

Muchos de nosotros desde niño hemos guardado la fiesta de la navidad. Hemos intercambiado regalos, hemos enviado tarjetas, hemos encendido candelas, hemos roto las piñatas, y hemos comido tamales u otras ricas comidas navideñas. Mas ahora estamos viendo la insensatez de todo esto. Las palabras de Dios que debemos aplicar aquí son: "No os conforméis a este siglo" (Romanos 12.2).

Los pobres necesitan nuestros regalos, los hambrientos nuestra comida, y los desconsolados nuestras tarjetas —pero no só1o una vez al año. Las candelas, las luces, el árbol de navidad, los nacimientos, las posadas, las piñatas, San Nicolás, los festines, y los bailes definitivamente son del mundo. Cuando invocamos el nombre de Jesús salimos de todo eso. Ya ni lo tocamos. (Lea 2 Corintios 6.17-18).

Nosotros creemos que Jesús en verdad fue milagrosamente concebido del Espíritu Santo y que nació de una virgen en Belén de Judea durante los días del rey Herodes. Creemos que los profetas del Antiguo Testamento predijeron ese nacimiento milagroso, tanto el tiempo como el lugar. También hablaron de la matanza de los niños en Belén, la huida a Egipto, el ministerio de Cristo, su rechazamiento, su juicio, sus sufrimientos, su muerte sobre la cruz, su resurrección, y su ascensión. Todo lo que predijeron fue gloriosamente cumplido. Los relatos del Nuevo Testamento verifican la autenticidad de las profecías.

La historia del nacimiento de Jesús es un relato verídico de un maravilloso aconteci­miento. Es confiable porque fue dada por inspiración del Espíritu Santo. Pero el nacimiento de Jesús fue sólo el comienzo de la vida más maravillosa que jamás fue vivida sobre la tierra.

Es algo extraño que en el tiempo de la navidad el mundo y la cristiandad apóstata se preocupan tanto del nacimiento de Jesús, pero muy poco de su vida. Hacen tanto ruido acerca de la venida de los magos, pero muy poco de los discursos del Maestro. Tanto dicen del pesebre, pero muy poco de la cruz. Mucho hablan de la madre: María, pero muy poco de su Creador encarnado; mucho del nacimiento de Jesús, pero muy poco de su muerte; mucho de su primer advenimiento, pero casi nada de su resurrección ni de su segunda venida.

Es un engaño del diablo enfatizar una parte de las escrituras y menospreciar otras partes. Puede que muchas personas de hoy en día sepan en parte la historia del nacimiento de Jesús, pero quizás no sepan nada de sus enseñanzas las cuales él mismo dio a conocer a los santos apóstoles por revelación.

La Biblia enseña claramente que nosotros los cristianos debemos conmemorar la muerte y la resurrección de Cristo, recordando también su venida otra vez. Pero en la Biblia nada hay que apoya una celebración de su nacimiento.

Ojalá que usted no nos entienda mal, pensando que menospreciamos el nacimiento de Jesús. Alabamos a Dios por la venida del Cordero de Dios al mundo como relatado en Lucas 2 y Mateo 1-2. Y, como ministros del evangelio, debemos predicar la historia de su nacimiento milagroso. Pero el mundo de hoy no necesita oír sólo del niño de Belén, sino también del Salvador crucificado, del Señor resucitado, y del Juez venidero, a quien todos daremos cuenta de nuestra vida.

Queridos lectores, no adoremos al niño de Belén sino al EL REY DE LOS REYES Y EL SEÑOR DE LOS SEÑORES.

"Hijitos, guardaos de los ídolos" (1 Juan 5.21).

—Aden Gingerich

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