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21 oct. 2011

El Día de los Fieles Difuntos


“Nuestra muerte no es una satisfacción por nuestros pecados, sino una liberación del pecado y un paso hacia la vida eterna” (Cat. de Heidelberg, Dom. 16).

Nosotros no seguimos una liturgia, antes bien tratamos de aclarar conceptos, que puedan obstaculizar el paso libre a las Escrituras. Nada hay de malo en acordarse de nuestros muertos, pero que una institución religiosa nos marque un día en su liturgia para que ella intervenga con sus favores religiosos a cambio de nuestros dineros, es algo que no está de acuerdo con
la Palabra de Dios.

El hombre o la mujer que ha muerto en la fe de Cristo ha dado su último paso hacia la vida eterna y ha sido liberado(a) del pecado, en el que podía caer por la condición de su cuerpo. Ahora libre de ese cuerpo de muerte, ya no necesita de nuestras oraciones para alcanzar la gracia de vivir en total libertad con Cristo.
Esa liturgia fúnebre del dos de noviembre, mas que un consuelo religioso, es una sementera de dudas ante la suerte que correrán tanto ellos mismos como sus muertos.

Es triste acercarse cada dos de noviembre a un cementerio y verla profunda tristeza y angustia, que se reflejan en los rostros de las personas que allí rezan por sus muertos. El diálogo que algunos mantienen con sus muertos ante sus propias tumbas, es un pozo de amargura y de dudas por lo que fueron y son sus vidas, sin tener certeza alguna de lo que les espera tras esa tumba.

Muy distinta es la actitud de aquellos que por la fe en Cristo les ha sido revelado el misterio de la salvación según la Palabra de Dios bajo la luz del Espíritu. Su actitud en la vida y ante la muerte es de total confianza y esperanza viva en su Salvador. Como dice el apóstol Pedro:

“Sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 Pedro 1:5).

Este poder de Dios hace que las personas por la fe en Cristo, sean capaces de enfrentarse a su propia muerte o a una grave enfermedad como una liberación de vida.

Esto nos puede parecer extraño, pero si lo vemos hecho realidad en muchas personas, nos demuestra que el poder de Dios nada tiene que ver con una liturgia fúnebre.

Un ejemplo: “Una señora me llama por teléfono y me dice que desde hacía medio año había llegado a experimentar la plena alegría de la salvación en Cristo. Me siguió contando que los médicos le habían diagnosticado una enfermedad incurable. Con toda tranquilidad me dijo: “Sé que no voy a durar mucho y el Señor me llevará con Él. Entonces estaré con Él para siempre en Su gloria”. Y esto a pesar de ser relativamente joven. Qué gracia tan grande, cuando se te permite mirar con tranquilidad a la muerte, no como un oscuro abismo, sino como un paso al país de la gloria inenarrable, de la luz eterna, del sol que nunca se pone.

Lo que necesitamos los hombres es a Cristo, y no días de difuntos. Cristo nos da la vida eterna, nos da luz para que no andemos en tinieblas, y “Él nos guiará aun más allá de la muerte”.

 “Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Salmos 16:11; 48:14).

Si nos acercamos a las puertas de la muerte con nuestras propias liturgias fúnebres nada vamos a ver y nada vamos a conseguir. Solo Cristo es la Luz que ilumina nuestras tinieblas, a todo aquel que cree en Él, para que tenga la luz de la vida. Los que tienen esta fe y esta esperanza en Cristo saben muy bien que Cristo “murió por nosotros para que ya sea que velemos (es decir que vivamos en el cuerpo), o que durmamos (que estemos muertos en el cuerpo), vivamos juntamente con Él”.

 “Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos” (1 Tes. 5:10; Romanos 14:8.


Tomado del folleto "El Católico y sus Muertos", escrito por el ex-sacerdote Francisco Rodríguez del Ministerio En la Calle Recta. Descargue este folleto gratis AQUÍ y compártalo con sus amigos y hermanos.


“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree



en Mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel


que vive y cree en Mí, no morirá eternamente”


(Juan 11:25-26).

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